El reto del relevo generacional en la agricultura almeriense

Por Adoración Blanque Pérez – Presidenta de Asaja Almería

Que la agricultura de hoy en día es sinónimo de innovación, sostenibilidad, tecnología y eficiencia no es nada nuevo. Nunca antes el campo había contado con tantas herramientas para optimizar recursos y mejorar la producción: sensores capaces de medir el estrés hídrico de los cultivos, drones que aplican fertilizantes con precisión milimétrica, sistemas de inteligencia artificial para prever enfermedades o collares GPS para monitorizar el ganado en tiempo real. Sin embargo, detrás de toda esa revolución tecnológica emerge una realidad paradójica que preocupa profundamente al sector y es que cada vez hay menos jóvenes (con posibilidades reales) de ponerse al frente de una explotación agraria.

En este contexto, Almería representa una excepción esperanzadora dentro del panorama nacional. El último Censo Agrario sitúa a nuestra provincia entre las zonas con mayor porcentaje de jóvenes agricultores y ganaderos de toda España. Mientras la media nacional apenas alcanza el 4% de titulares jóvenes de explotaciones, en Almería esa cifra ronda el 9%. Hay otros datos más optimistas, como los del MAPA, que sitúan en un 20% el peso de los jóvenes autónomos en la agricultura. Un dato que no es fruto de la casualidad, sino del modelo agrícola almeriense, basado históricamente en explotaciones familiares donde el esfuerzo, la cultura del trabajo y la transmisión generacional han sido pilares fundamentales.

Nuestro modelo ha sabido resistir durante décadas gracias a miles de familias que han hecho de la agricultura no solo una actividad económica, sino también una forma de vida. Pero no podemos caer en la complacencia. Aunque Almería parte de una posición mejor que otras regiones, también aquí comienzan a aparecer señales que no debemos ignorar para asegurar que los jóvenes tomen el testigo en la carrera de fondo de nuestra agricultura.

Estos jóvenes son, probablemente, la generación mejor preparada que ha tenido nunca nuestro campo. Muchos cuentan con formación universitaria, estudios de Formación Profesional agraria, especialización en nuevas tecnologías, gestión empresarial o digitalización. Y son jóvenes que quieren innovar, modernizar las explotaciones familiares y hacerlas más competitivas, sostenibles y rentables. Pero, al mismo tiempo, se encuentran con obstáculos cada vez mayores para desarrollar ese proyecto de vida ligado al campo.

El primero de ellos es el acceso a la tierra. Muchos agricultores que alcanzan la edad de jubilación no pueden abandonar la actividad porque necesitan complementar unas pensiones insuficientes. A ello se suma la escasez de suelo disponible y el encarecimiento de las explotaciones, factores que dificultan enormemente la incorporación de nuevos profesionales. También persisten problemas relacionados con la burocracia, la falta de incentivos fiscales, las dificultades de financiación o la lentitud administrativa para acceder a ayudas. Con todo ello ¿cómo hacer atractiva la incorporación a la actividad agraria más allá de aquellos que la tengan por vocación?

Pero el relevo generacional no depende únicamente de las políticas agrarias. También exige garantizar condiciones de vida dignas en el medio rural. Los jóvenes necesitan infraestructuras, vivienda, centros sanitarios, transporte, guarderías, conectividad y oportunidades para formar una familia sin verse obligados a abandonar sus pueblos. Porque nadie puede pedir a una nueva generación que apueste por el campo si no encuentra en él un horizonte de estabilidad y futuro.

Europa es plenamente consciente de este desafío. No en vano, uno de los grandes objetivos comunitarios para 2040 es duplicar la proporción de jóvenes agricultores para asegurar la continuidad de la producción alimentaria. Y ahí Almería vuelve a ocupar un lugar estratégico. Nuestra provincia alimenta diariamente a millones de consumidores europeos. Los tomates, pimientos, pepinos, calabacines, sandías o melones producidos bajo el modelo agrícola almeriense llegan cada año a las mesas de más de 450 millones de ciudadanos. Por eso debemos plantearnos una pregunta esencial: ¿qué ocurrirá cuando miles de explotaciones necesiten relevo y no encuentren jóvenes para asumirlo?

Durante años se ha instalado el falso discurso de que las nuevas generaciones no quieren trabajar o sacrificarse como lo hicieron sus padres y abuelos. La realidad, como ya estamos viendo, es muy distinta. Nuestros jóvenes sí quieren incorporarse al sector, pero lo hacen en un entorno mucho más complejo y exigente. Tienen más formación, más capacidad de adaptación y una visión mucho más profesionalizada de la agricultura y lo que necesitan son oportunidades reales para poder desarrollar ese potencial.

Porque el futuro del campo no depende únicamente de la tecnología. Sabemos que los drones, la inteligencia artificial o la digitalización no funcionan solos. Detrás de cada innovación tiene que haber agricultores y ganaderos capaces de aplicarla, entenderla y convertirla en productividad. Por tanto, sin jóvenes, el sector perderá competitividad, capacidad de adaptación y liderazgo internacional.

Almería ha demostrado durante décadas una enorme capacidad para reinventarse y convertirse en referencia mundial de agricultura intensiva eficiente y sostenible. Ahora tenemos por delante un nuevo desafío: garantizar que exista una nueva generación dispuesta a continuar ese legado. Y para conseguirlo hacen falta políticas reales, ayudas eficaces y un compromiso firme de todas las administraciones. Necesitamos seguir acompañando a quienes quieren incorporarse, facilitarles el acceso a la actividad y reconocer el valor estratégico que tiene el sector agrario para nuestra economía, nuestro territorio y nuestra responsabilidad para con Europa.

Porque hablar de relevo generacional no es solo hablar del futuro del campo. Es hablar del futuro de Almería y, en gran medida, del futuro alimentario de Europa.